Cabaloria (Salamanca)


En la falda de un cerro en la margen izquierda del río Alagón se asienta la aldea salmantina de Cabaloria. Perteneciente al municipio de Sotoserrano, llegó a contar en sus buenos tiempos con treinta casas. Apenas cuatrocientos metros la separan del limite provincial con Cáceres.

"La vida en Cabaloria era muy dura, pero muy bonita". AMADORA MARTÍN.

"No teníamos ningún lujo pero éramos muy felices". JOSÉ SÁNCHEZ.

Sus principales producciones eran el trigo, la cebada y los olivos.
Para moler el grano iban a los molinos que había junto al río Alagón en Sotoserrano.
Para la molienda de la aceituna había almazara en Cabaloria. Se elaboraba el aceite para consumo propio.
La ganadería estaba conformada mayoritariamente por las cabras y alguna vaca.
Carniceros de Sotoserrano y Cepeda venían a comprar los cabritos.
Cazaban conejos y perdices en sus montes y del río obtenían barbos, bogas y cachos. Peces que se aprovechaban para consumo casero y también para vender.
Se solía matar una media de dos cerdos al año en cada casa.

"Cada vez que se hacía matanza en una casa íbamos los niños a pedir el rabo del animal una vez que ya estaba churrascado". JOSÉ SÁNCHEZ.

Casi todas las casas tenían horno para hacer el pan aunque ya en los últimos años no se hacía y se iba a comprar fuera.

"Cada tres días antes de ir a la escuela tenía que ir a comprar el pan a la panadería de Las Mestas (Cáceres) que estaba a cinco kilómetros. Iba con la mula y llevaba un saco a cada lado del animal con ocho o diez panes en cada uno. Compraba pan para varias casas". JOSÉ SÁNCHEZ.

Había dos tabernas en Cabaloria y para hacer compras se desplazaban a Sotoserrano o a Riomalo de Abajo donde había una tienda pequeña.
Nunca conocieron la luz eléctrica y así los candiles de aceite para las casas y los faroles para cuando había que salir a la calle o ir a las cuadras fueron sus fuentes de iluminación.
El agua para consumo la cogían de una fuente que había junto al río pero cuando este venía crecido la tapaba y tenían que ir a buscarla a un arroyo más lejano.
Algunos vecinos iban a segar a pueblos cercanos a Salamanca para ganarse un jornal cuando era el tiempo de ello.

Un cura que estuvo destinado un tiempo en Sotoserrano quiso hacer una capilla en Cabaloria pero al final la cosa quedó en nada.
Para todo tipo de oficios religiosos (misa dominical, bodas, bautizos, comuniones) iban al cercano pueblo de Riomalo de Abajo, ya en la provincia de Cáceres, del cual les separaba poco más de un kilómetro.

"En Navidad bajábamos los niños tocando los cencerros hasta el río y los de Riomalo acudían también a la otra orilla tocando sus cencerros. Así estábamos un buen rato, haciendo mucho alboroto y ruido". JOSÉ SÁNCHEZ.

Don José, el médico de Sotoserrano acudía a visitar a un enfermo cuando la ocasión lo requería. Había que ir a buscarle llevando una caballería para que el doctor pudiera hacer el desplazamiento hasta Cabaloria.
Abelardo, el cartero venía andando desde Sotoserrano a repartir la correspondencia.

No había fiesta patronal en la aldea y por ello los Carnavales eran las celebraciones de mayor importancia.
Duraban tres días y venía la juventud de Martinebrón y Riomalo.
De la música para el baile se encargaba Francisco, el tamborilero de Valdelageve.

"Los niños íbamos a un altillo del terreno a divisar la llegada del tamborilero, cuando le veíamos aparecer corríamos hacía Cabaloria gritando: ¡ya viene el tamborilero! Este entraba tocando al pueblo para hacer notar su presencia.
Se hacía una ronda con el músico por las calles y en cada casa sacaban unas rosquillas o unas perrunillas con un poco de aguardiente a la comitiva.
En el baile nos poníamos los mejores mantones y sayas". AMADORA MARTÍN.


La construcción del pantano de Gabriel y Galán y la amenaza de que alguno de sus brazos de agua podía llegar a sepultar Cabaloria supuso el principio del fin para el pueblo y sus gentes.
Es por ello que se hizo una expropiación voluntaria/forzosa para que las gentes abandonaran el pueblo.
Aún cuando el pueblo no iba a quedar nunca bajo las aguas, todos los vecinos fueron pensando en aceptar (unos de manera voluntaria y otros no tanto) lo que les ofrecían y buscar la manera y el lugar para empezar una nueva vida.
Madrid, País Vasco, Sotoserrano o Béjar fueron alguno de los lugares elegidos para comenzar una nueva etapa laboral y social.
1965 fue el año que se puso para la expropiación definitiva de Cabaloria.
El matrimonio formado por Celedonio Martín y Amadora Martín y las tres hijas que tuvieron fueron los últimos de Cabaloria. Se marcharon a Béjar.

"Nos quedamos solos en el pueblo durante un año y pico. Teníamos cabras y las niñas iban a la escuela de Riomalo. Pasaba a menudo por aquí Epifanio, el guarda del pantano y nos decía que nos teníamos que marchar. No nos metía prisa pero tenía orden de los ingenieros de que desalojáramos el pueblo. Nos decía que ellos (los ingenieros) no iban a venir nunca por aquí pero que teníamos que ir pensando en marchar. Le dábamos un queso o una botella de leche para contemporizar un poco la situación.
Así que al final acabamos vendiendo las cabras, un burro y también una cerda de cría que era buenísima, paría trece lechones y solo tenía doce tetas. Nos dio mucha lástima, sobre todo a mis hijas que el día que vinieron a por ella se bajaron corriendo hacía el río para no ver como se la llevaban". AMADORA MARTÍN.


Visita realizada en julio de 2018.

Informantes: José Sánchez y Amadora Martín. Gracias a ambos por los valiosos recuerdos aportados para dar forma al reportaje sobre su pueblo.

PUBLICADO POR FAUSTINO CALDERÓN.

Punto y aparte. En la tercera ocasión que visito el hermosísimo pueblo medieval de La Alberca es cuando tomo la determinación de dar un rodeo y venir a conocer este lugar de Cabaloria.
La primera impresión nada más llegar junto a sus muros es que he llegado tarde, demasiado tarde para conocer esta pintoresca población de características hurdanas en cuanto a sus construcciones por estar cerca de la comarca cacereña de Las Hurdes.
Salvo la escuela no hay un solo edificio que mantenga el tejado y no solo eso sino que sus muros son apenas irreconocibles en la mayoría de los casos y además su entramado urbano está tomado por la vegetación. Intento buscar un resquicio por donde entrar pero no es posible, tengo que contornear la aldea por el exterior. Subo a la parte de arriba y ahora tengo las casas a mis pies. La visión es desoladora. Irrecuperable el lugar. Una amalgama de muros, vigas, escombros y vegetación dan una imagen de amargura de ver en lo que se está convirtiendo Cabaloria. Un camino hacia la nada. En pocos años apenas tendrá algún muro emergiendo entre las ruinas.
Por aquí puedo llegar hasta las mismas puertas de alguna casa pero no acceder al interior. La vegetación dificulta moverse más así que bajo otra vez hasta la explanada.
Me recreo contemplando la escuela y la adyacente casa del maestro. A falta de iglesia, ermita o ayuntamiento era el edificio más relevante del pueblo. La escuela tiene la puerta tapiada pero se puede ver su interior por una puerta lateral que abrieron posteriormente. Aunque nada hay ya que ver.
Bajo por un camino entre olivos hasta la orilla del río, me decido a ir a conocer la almazara. No sé si daré con ella porque está un poco retirada, pero al final si la encuentro. Muy caído el edificio, en su interior todavía puede verse restos de maquinaria como alguna prensa hidráulica.
Vuelvo hacía el pueblo y paso junto al cementerio que ya que no se lo pudieron llevar sus vecinos en el momento de partir lo salvaron de la desidia, el vandalismo y el olvido.
Llego otra vez junto a las menguantes ruinas de Cabaloria y ya poco queda por ver. Contemplo una vez más lo que todavía es visible y pongo fin a mi visita.
Tuvo que ser bonito Cabaloria. Pintoresco, con su tradicional arquitectura de pizarra. Solo los recuerdos de los que allí vivieron y la memoria de los que lo conocieron recién despoblado podrán dar fe de que fue un lugar hermoso.
A los visitantes de ahora nos toca poner en marcha una vez más la maquinaria de la imaginación para poder visualizar sus edificaciones, sus calles y tratar de contemplar escenas de la vida cotidiana.



Llegada a Cabaloria por el camino de Martinebrón.




Vista de Cabaloria desde arriba.




Aspecto general de las edificaciones del pueblo. La sierra de Francia de fondo.




No es posible transitar por lo que un día fueron calles.




Algunas viviendas se enfoscaron con vivos colores contrastando con el color oscuro del resto de edificaciones.




En esta vivienda estaba una de las dos tabernas que hubo en Cabaloria. Los hombres acostumbraban a jugar al tute y echar unos tragos de vino.




La vegetación va recuperando el terreno que un día fue suyo. Muros de piedra y pizarra, característico de Las Hurdes.




Detalle de una vivienda. Sin tejado, vigas que se balancean, los muros aquejados de "reuma", la vegetación avasallando.... De frente Las Hurdes, ya en la provincia de Cáceres.




Vista desde las eras.




Alguna vivienda todavía presenta detalles que la hacen reconocible.




Escuela y la casa del maestro




Escuela de Cabaloria. Entre veinticinco y treinta niños según el año asistían en los años cuarenta y cincuenta. Don Ignacio estuvo muchos años impartiendo enseñanza aquí.




La casa del maestro. Aquí vivía don Ignacio con su mujer y sus tres hijos.
"Muy buen maestro fue don Ignacio. Aprendí mucho con él. Estaba muy integrado en el pueblo. Tenía cabras y gallinas y los vecinos siempre le regalaban algunos productos de huerta y de matanza".
JOSÉ SÁNCHEZ.




La alquería de Cabaloria vista desde la escuela.




El río Alagón a su paso por Cabaloria. Aquí venían las mujeres a lavar.
"Cuando el río venía crecido nos quedábamos incomunicados porque no se podía cruzar. Durante unos años hubo un barquero que cruzaba a la gente de una orilla a otra". JOSÉ SÁNCHEZ.




La almazara de Cabaloria junto al río Alagón. A un kilómetro y medio del pueblo.




Cementerio. Ante la marcha de sus vecinos y la situación de desamparo en que iba a quedar el camposanto, se tomó la determinación de cubrirlo con una capa de hormigón.