Las Casillas (Granada)



Quince viviendas llegaron a componer esta cortijada colgada de la ladera del barranco Grande o de Las Casillas perteneciente al municipio de Polopos en la Alpujarra Baja granadina.
Nunca llegó la luz eléctrica hasta las casas de la aldea, ni tampoco una pista transitable para vehículos (la actual se construyó en los años 90 cuando ya Las Casillas llevaba unos cuantos años vacía).
El agua para consumo lo cogían de una reguera proveniente de la sierra que pasaba junto a las casas.
Casi todas las casas tenían su horno para hacer el pan, la que no disponía de ello ajustaba con alguna que si lo tuviera.
Las cabras conformaban el punto fuerte de la ganadería de Las Casillas.
En sus fincas cultivaban trigo y cebada. También recogían higos en buena cantidad, así como almendras y uvas. Se hacía vino en las bodegas de las casas y luego se llevaba a vender a Polopos.
Había molino en Las Casillas para moler el grano. Venían a él las gentes de Polopos.

De Polopos, su cabecera municipal dependían para casi todos los servicios.
Así se desplazaban hasta el pueblo para realizar compras de productos básicos de los que no se autoabastecían.
Los niños recorrían diariamente los tres kilómetros que había hasta Polopos para asistir a la escuela.
Recorrido que tenían que hacer los vecinos para asistir a la misa dominical o cualquier otro acto religioso (bautizo, bodas, entierros).
El médico también residía en el pueblo y hasta allí se desplazaban los vecinos de Las Casillas cuando tenían alguna enfermedad o dolencia. En casos muy graves era don Luis el que se desplazaba hasta la aldea en una caballería para visitar al enfermo.
Elías el cartero vivía en Polopos. Subía a recoger la correspondencia hasta la pedanía de Haza del Lino y luego la repartía por todo el término municipal. Los vecinos de Las Casillas le evitaban el trayecto hasta la aldea porque muchos días era cualquier vecino que acudía a Polopos para cualquier asunto el que se llevaba las cartas.

No tenían ninguna fiesta propia en la aldea, por lo que la juventud participaba en buen numero de todas las fiestas que había durante el año en Polopos, pero en especial las fiestas grandes de agosto en honor a la Virgen del Rosario.
Algunos domingos se celebraban bailes cortijeros a nivel local en el interior de alguna vivienda. Cuando esto no se daba se desplazaban hasta Polopos para participar de los que allí se celebraban.

Como no podía ser menos, en un caserío mal comunicado y con falta de servicios básicos la emigración tenía que aparecer por Las Casillas.
El envejecimiento de la población por un lado y la marcha de los jóvenes en busca de una mejor calidad de vida en las décadas de los 50 y 60 dejó la aldea completamente vacía.
Polopos, Carchuna y Barcelona fueron algunos de los destinos elegidos por los casillanos para comenzar una nueva etapa en sus vidas.


Visita realizada en marzo de 2017.

PUBLICADO POR FAUSTINO CALDERÓN.

Punto y aparte. Maravillosa la imagen que se tiene de Las Casillas según se accede por el camino de Polopos. Sus casas parecen agarradas como una lapa al terreno para no caer rodando por la ladera del barranco. La panorámica es grandiosa. Llego a esta pintoresca aldea una tarde de comienzos de primavera. La temperatura es agradable. Observo al llegar que el camino no entra directamente a la cortijada sino que va unos metros por encima. No sé por qué pero siempre me han gustado sobremanera estos caminos y senderos que van en posición elevada sobre la población a visitar. Quizá porque la mayoría es a la inversa (el camino llega por debajo o al mismo nivel) o bien por la sensación de tener el caserío a tus pies pero el caso es que dedico unos minutos a contemplar el escenario mirando para abajo. Como diviso toda la ubicación de las viviendas veo que algunas mantienen todavía el tejado en aceptables condiciones. Su trazado urbano se podría decir que se compone de una calle en sentido descendente más un par de calles laterales de corta longitud. Todos los huertos colindantes a las casas están cultivados. Señal de que hay presencia humana en determinadas épocas en Las Casillas, hecho que me confirma también el buen estado exterior de alguna vivienda, mantenida como apoyo a las tareas agrícolas. Bajo por su calle principal divisando las entrañas interiores de varias edificaciones debido al desplome de algunos muros. Así hornos de pan, alacenas, cantareras y alguna chimenea se van mostrando al paso sin necesidad de tener que entrar al interior de las casas. Todo es de una sencillez manifiesta. No había grandes lujos ni pasado boyante en las viviendas de Las Casillas. La calle acaba en una deliciosa era empedrada circular casi asomada al abismo del barranco. Desde aquí se divisa a lo lejos el molino de Las Casillas. Ya se intuye en terreno abrupto y escarpado. Asciendo la calle nuevamente, callejeo por donde se puede aunque casi no hay espacio en los laterales exteriores de la aldea. Los huertos cultivados están vallados y no se puede caminar hacía el exterior. Hay que volver a salir por el mismo sitio de entrada. Me entretengo asomándome al interior de alguna de las pocas casas en las que todavía se puede hacer. Nada más que las paredes. Ni un resto de mobiliario, nada. En esas estoy cuando oigo voces de una persona que está arriba, en el camino, dirigiéndose hacía mí pero en un tono inaudible. No logro escuchar lo que dice. Me aproximo hacía donde está y ya me dice que se ha equivocado, que pensaba que yo era otra persona, alguien con quien había quedado aquí para fumigar unas colmenas. Es un vecino de Polopos. Aclarado el equívoco le pregunto por el camino para llegar al molino. Me comenta que el antiguo sendero que llevaba desde las casas esta ya borrado por la vegetación y por la falta de uso. Me sugiere que siga el camino hacia arriba de la sierra y que cuando vea que estoy a la altura del molino intente meterme por donde sea para llegar. Es curioso que en la carretera haya indicador de dirección hacía el molino de Las Casillas y luego no haya forma posible de llegar a él en aceptables condiciones. Por mi parte no va a quedar el intento de llegar hasta él. La tozudez en estos casos me ha hecho llegar hasta lugares bastante complicados de acceder aunque no exento de riesgo en muchas ocasiones. Dejo la pista cuando estoy por encima del molino y cojo un camino que llevaría antiguamente a no sé dónde. Me permite bajar unos metros pero más adelante desaparece, así que toca dejarse caer por algún terraplén de pequeño tamaño y sortear vegetación. Consigo con ello enlazar con el antiguo camino que procedía de la aldea y ya sin pérdida llego hasta los muros del molino. El interior se ha hundido pero en el cárcavo todavía puede verse el rodezno y el árbol, además de otras piezas sueltas que ignoro que son. Todo lo demás quedará oculto para siempre a los ojos de los que allí lleguen. Impresionante la sensación de soledad. Pienso ¿cuánto hace que nadie bajaba por aquí? ¿Días? ¿Meses? ¿Años? No lo sé pero sí es seguro que no es lugar frecuentado. Como muestra es que no había llegado a ver ninguna foto del edificio en internet. El terreno es angosto, escarpado y pedregoso. Poca agua lleva el arroyo que baja por el barranco. Sentado en una piedra frente por frente al molino imagino el trajinar de las gentes del contorno con los sacos de trigo cargados en las caballerías para moler el grano. El chapoteo de una rana (o eso creo) me saca de mi ensimismamiento. Abrazado a la maravillosa soledad que aquí se da dejo que transcurran unos minutos. Me ha costado llegar como para ahora hacer la foto de rigor y marcharme sin más. Siempre me acabo haciendo la misma reflexión. A esta hora de la tarde (siete menos cuarto) la cantidad de gente que habrá transitando por la Gran Vía de Madrid. Centenares, miles comparten aglomeración en la jungla urbana mientras que a unos cientos de kilómetros una persona es el dueño material del espacio donde está situado en ese momento. No lo comparte con nadie. El silencio y la soledad son sus únicos compañeros. Benditos compañeros. Sin ellos dos el amor por la despoblación no sería lo mismo.



Maravillosa ubicación de Las Casillas. La visión cuando se accede por el camino de Polopos es sensacional. Para contemplar. La sierra de la Contraviesa de fondo.




Una visión lejana del barranco en toda su longitud desde su nacimiento permite disfrutar del paisaje, con el añadido de la ubicación de Las Casillas como una mancha blanca entre el color verde y oscuro del terreno.




Tejados de Las Casillas. Las viviendas parecen querer trepar ladera arriba para evitar caer rodando al barranco.




Entrando a Las Casillas.




Algunas viviendas se han derribado debido a su mal estado y otras se han rehabilitado para mantenerlas en pie.




La calle principal se desliza hacía abajo mostrando algunas estampas de bella factura como esta altiva edificación que pese a perder buena parte de su fachada se mantiene erguida como si fuera una espadaña de iglesia.




Viviendas.




Horno situado en el portalillo exterior de entrada a una casa.




Traseras de viviendas.




Rincón urbano en una pequeña calle en cuesta.




Preciosa era en la parte baja de la cortijada, antaño empedrada, hoy día recubierta de una alfombra verde.




Desde las eras. Comienzo de la calle principal que vertebra la aldea en sentido ascendente.




La calle en sentido ascendente. La sencillez de las construcciones se hace patente.




El mismo tramo de calle. Asombrosamente alguna puerta todavía salvaguarda el interior de la vivienda pese a que dentro esté huérfana de todo valor.




Horno.




Ubicación del molino de Las Casillas en lo más angosto y abrupto del barranco.




Molino de Las Casillas.