Aguilar (Huesca)



Bellísimo pueblo situado sobre una terraza al borde del barranco Gabarrosa. En tiempos pasados dependía del ayuntamiento de Erdao, más tarde al de Torruella de Aragón y por último a Graus.
Algo más de una veintena de viviendas componían el pueblo, repartidas entre el núcleo central, algunas casas dispersas y dos aldeas: Los Camps y Aldea de Aguilar o Torre de Aguilar. Destacaban entre todas, las de Serena, Lapena, Agostina y Casero como las más fuertes.
Ni la luz, ni el agua ni una pista transitable para vehículos llegaron nunca hasta el pueblo.
Trigo y cebada eran las principales producciones agrícolas. Primeramente se labraba con bueyes y ya posteriormente se hacía con los machos y las mulas.
Se bajaba a moler el grano a la fábrica de harina de Santaliestra. Casi todas las casas tenían su horno para hacer el pan, pero con el paso de los años se dejó de hacer en casa y se bajaba a buscar a Santaliestra.

"Nosotros nos subíamos con el macho catorce panes de dos kilos cada uno, nos duraba una semana, se metía en un arcón y bien fresco se conservaba".
MARIANO PUEYO.


Las ovejas y las cabras se repartían en la ganadería aprovechando que Aguilar tenía mucha zona de monte para el pastoreo como era Galirón, San Saturnino, Las Buixedas, El Solano y el Plano.
Tratantes de variada procedencia eran los encargados de comprar los corderos, cabritos y lechones como podían ser José María de Morillo de Liena o Ramón de Graus. En otras ocasiones se llevaban hasta Abenozas caminando y allí se cargaban en burros o bien se bajaban a Santaliestra a cargar en camiones.
A las ferias de Graus en mayo se llevaban a vender los lechones. Se tardaba alrededor de cuatro horas y media en llegar. Con el consabido tira y afloja a veces se tenían que dar los animales a un precio distinto al que se había pedido en principio y en ocasiones volverse con ellos hasta Aguilar sin ser vendidos.
Se mataban dos o tres cerdos al año, según las necesidades de cada casa.
Los de casa Lapena y los de casa Panet hacían carbón vegetal y lo bajaban al carbonero de Santaliestra.

A pesar de pertenecer al ayuntamiento de Torruella de Aragón muy poco contacto tenían con aquel pueblo. Si en cambio lo tenían muy frecuentemente con Santaliestra, pueblo situado abajo en el llano junto a la carretera.
Allí bajaban con asiduidad las gentes de Aguilar para todo tipo de asuntos, aprovechando que en Santaliestra había tienda de comestibles, estanco, panadería, herrería o molino, o también coger el coche de línea que venía de Benasque y pasaba por Santaliestra a las siete de la mañana.

"Había ocasiones que a lo mejor estabas jugando con los amigos y te llamaba tu madre para que fueras a comprar un kilo de azúcar a Santaliestra, nosotros como éramos niños y teníamos mucha agilidad en poco más de media hora bajábamos, también hay que decir que los caminos estaban mejor cuidados y siempre te encontrabas gente, ya fuera bajando o subiendo". MARIANO PUEYO.

Subían vendedores ambulantes por Aguilar como era el Parro de Santaliestra que vendía comestibles o el botiguero de Besians (Domingo), con un burro que llevaba dos cajones vendía ropa, arroz, sardinas, chocolate...
Muchas veces era un trueque lo que se hacía en vez de dinero y a estos vendedores se les pagaba con huevos.
Había taberna en Aguilar, en casa Panet, donde se podía tomar unos vinos o una gaseosa y jugar al guiñote.

El cura subía desde Santaliestra a oficiar misa, según la ocasión podía ser cada domingo o cada quince días.
Mosén Jacinto, mosén Juan, mosén Javier o mosén Luis fueron alguno de los que realizaron tal cometido. Había que ir a buscarlos con una caballería, en ocasiones subían la víspera y se quedaban a dormir en alguna casa del pueblo.

"Mosén Juan era muy estricto y tenía mala sombra. En una ocasión que subía él para Aguilar se encontró a dos del pueblo por el camino ya casi llegando a Santaliestra y les hizo volverse para asistir a misa.
Yo tampoco me libré de su ira puesto que en una ocasión que me tocaba hacer de monaguillo llegué tarde y me hizo arrodillar y hacer una cruz en el suelo con la lengua. Nos vengábamos a nuestra manera fastidiándole el vino de las vinajeras.
Mosén Luis le gustaba ir a cazar, subía el día antes, hacía la misa rápida por la mañana y seguía cazando" LUIS CAMPO.


El médico venía desde Graus en la persona de don Andrés Blanco. Había que bajar a Santaliestra con una caballería para recogerle y  que pudiera subir a visitar al enfermo.

"Los familiares que estaban fuera cuando tenían problemas de respiración venían a curarse a Aguilar puesto que aquí el clima era muy propicio y el aire muy sano" CONCHA RIAZUELO.

El practicante venía desde Perarrúa (don José).
María de casa Lapena y María de casa Joaquina eran las comadronas y ayudaron a muchos niños y niñas de Aguilar a venir al mundo.
Francisco de casa El Parro de Santaliestra era el cartero, subía a caballo a repartir la correspondencia y de paso aprovechaba para vender productos y comprar huevos y pieles a los vecinos. No subía diariamente y en ocasiones mandaba a algún vecino de confianza a realizar dicho cometido.
No había herrería en el pueblo y bajaban a la de Sallán en Santaliestra.
Durante años hubo un destacamento de la guardia civil en Santaliestra (casa Montañana), cada dos semanas subía una pareja hacer una ronda por el pueblo y alguna vez se quedaban a dormir en alguna casa. Se les tenía mucho respeto porque imponían su autoridad y abusaban de su poder.

Las fiestas patronales eran el 8 de septiembre en honor a la Natividad de Nuestra Señora. Duraban dos días. Como actos religiosos se hacía una misa y una procesión (un vecino llevaba la bandera y a continuación la Virgen en una peana. El recorrido iba desde la iglesia, Lapena, Agustina, vuelta a la iglesia, Donicio, Serena, Panet, Tomás, Espona, Cilio con final en la iglesia).
El baile se hacía en la era Lapena y otras veces en la era Serena. Se plantaba en medio de la era un pino y se adornaba con cintas. Se hacía baile al mediodía en la sesión vermut y baile por la noche a la luz de los candiles de carburo.
Los dos días se hacía rondalla por el pueblo y se hacía un poco de baile en casa Simón y al otro día en casa Casero (las dos que estaban separadas del núcleo urbano). En ambas se sacaba a los asistentes algo de comer y beber.
Entre las costumbres al bailar figuraba el baile del ramo, en el cual los mozos compraban el ramo a duro y luego se lo daban a la moza que quisiera bailar con ellos.
Orquestas del pueblo de Estadilla como la Katiuska y la Columbia eran las encargadas de amenizar el baile.
Se acostumbraba a matar un cordero en cada casa para la ocasión y no faltaban los deliciosos postres de la fiesta como eran las rosquillas, tortas y tortetas.
Los dos hijos de casa Serena que habían emigrado a Chile (Ramón y Sebastían) acostumbraban a venir para la fiesta y pagaban buena parte de los gastos. El resto lo hacían a escote entre los mozos.
Mariano de casa Cilio y Daniel de casa Lapena montaron durante algunos años un pequeño bar en su vivienda para estas fiestas.
De Santaliestra, Torruella y Abenozas era de donde más acudía la juventud a participar de las fiestas. No faltaban tampoco los familiares venidos de fuera que no solían faltar en estas fechas tan señaladas.
El día 30 de noviembre se hacía una romería a la ermita de San Saturnino, también conocida como San Andrés. Se hacía allí una misa. Por la tarde se hacía baile en el salón de casa Serena o en el de casa Lapena puesto que la climatología ya no permitía hacerlo al exterior. Ramona del pueblo de Biescas de Campo a la guitarra y Ferré del pueblo de Benavente de Aragón al acordeón eran los encargados de amenizar el baile.
El 7 de mayo tenían otro día festivo que se aprovechaba para hacer las comuniones.

El invierno era muy riguroso en un pueblo que estaba rondando los mil metros de altitud. Mucho frío y nevadas con frecuencia. A finales de noviembre y primeros de diciembre ya solían aparecer las primeras nieves. En contadas ocasiones llegaba hasta el medio metro. Algunos años hasta para Semana Santa se veían los copos blancos hacer su aparición.
Leña de roble y carrasca era lo que utilizaban los aguilareños para calentar la lumbre de las cocinas.

Daniel Campo Mur de casa Lapena, su hijo Manuel Campo Espuña, Antonio Ramí de casa Agostina y Mariano Pueyo Olacia de casa Cilio (éste fue el último) fueron alguno de los vecinos que ejercieron como alcaldes pedáneos.
Otro dato para el recuerdo es la última persona nacida en Aguilar: María Pilar Campo Riazuelo de casa Lapena en 1970.

Pocos entretenimientos había para la gente joven en tiempos de mucho trabajar y poco tiempo libre para el ocio, aún así se hacía algunas veces una lifara (merienda entre los jóvenes) cuando se cazaba algún conejo de monte.
En Carnaval se disfrazaba cada uno con lo que podía y pasaban casa por casa para recoger lo que les dieran (huevos, longaniza). Se hacía una merienda y se bailaba al son de los instrumentos que tocaban los mozos de casa Agustín.
Para los menores quedaban los juegos infantiles como el escondite, la currupeta, la gallinita ciega y la pelota en alguna era.

"Acostumbrábamos a ir algunas tardes de domingo varios niños a la roca de Chuspena, desde ahí se divisaba la carretera y nos entreteníamos viendo pasar los coches y camiones, pasaba alguno cada media hora pero con eso nos hacía felices". MARIANO PUEYO.

La despoblación que tan mortífera fue para multitud de pueblos en todo el pais en la década de los 60, tardó unos años más en llegar a Aguilar. Corría el año 69 cuando se fueron varias casas de una tacada (Espona, Serena, Panet, Agostina y Simón), a partir de aquí la emigración fue imparable llegando hasta 1975 en que cerraron las últimas casas que quedaban abiertas, siendo los de Girón que se habían pasado a vivir a casa Agustín (el matrimonio formado por Domingo y Clara con sus seis hijos: Domingo, Joaquin, Amalia, Palmira, Margarita y José Luis) los que pusieron punto y final al ciclo de vida en Aguilar.
El cierre de la escuela, la falta de una pista de acceso que se había proyectado pero nunca llegó y la ausencia de servicios básicos empujaron a los aguilareños a marchar de su pueblo. Varias familias se quedaron en Santaliestra, alguna a Graus o Binéfar y otras más a diferentes puntos de Cataluña.

Agradecimientos:
A Daniel Campo Lafuente, descendiente de casa Lapena por parte paterna.
A Daniel Campo Riazuelo, nacido en casa Lapena.
A Cristina Pueyo, descendiente de casa Cilio por parte paterna.

Informantes:
Luis Campo de casa Lapena.
Daniel Campo de casa Lapena.
Concha Riazuelo de casa Joaquina.
Mariano Pueyo de casa Cilio.
*Sin su extraordinaria colaboración éste reportaje no habría sido lo mismo*


Visita realizada en noviembre de 2017.

PUBLICADO POR FAUSTINO CALDERÓN.

Punto y aparte. Emprendemos mi mujer y yo la subida de buena mañana por el delicioso sendero que nos llevará desde los 560 metros de altitud de Santaliestra hasta los 950 metros donde se sitúa Aguilar. Alrededor de una hora se tarda en realizar dicho trayecto.
Vamos en muy buena compañía: Daniel Campo, mi primer contacto, a los que se han unido Cristina Pueyo y Daniel Campo Riazuelo. Éste último hace de guía para mostrarnos todos los rincones de Aguilar y los secretos del camino. Extraordinario guía el amigo Daniel. Gracias a él vamos sabiendo diversos detalles del camino que se va empinando poco a poco, dejando Santaliestra cada vez más pequeño. "Ésta era la piedra donde los vecinos de Aguilar dejaban los fardos que llevaban para hacer un pequeño descanso, ésta otra la desplazó una tormenta y la puso al otro lado del sendero, éste pequeño mojón era el que hacía de divisoria entre Santaliestra y Aguilar, ésta era la balsa de agua donde venían a lavar las mujeres....
Entre un vergel de bosque mixto mediterráneo; boj, carrasca, pino, enebro, romero, aliaga... vamos acercándonos hasta los muros de Aguilar.
Daniel nos desvía del camino que sube para el pueblo para que pasemos a ver primero una de las casas que quedaban apartadas del pueblo (Simón). Hasta ella llegamos y podemos apreciar una casa en buen estado al exterior pero en ruina en su interior. Alrededor de ella los diferentes edificios de apoyo: horno, gallinero, pocilga, cuadra, era...
Aguilar ya queda cerca. Yo voy expectante por conocer éste pueblo que se me quedó pendiente en los años 90, en mis frecuentes visitas de entonces a la Ribagorza.
Entramos por uno de sus costados, donde se encuentra un pequeño grupo de casas y podemos apreciar la magnitud del barranco Gabarrosa bien pegado al pueblo, tanto que está al borde de algunas casas.
El pueblo tiene la particularidad de que casi todas las casas tenían pegada a ella su era de trilla correspondiente. Pasamos junto a una piedra redonda de buen tamaño que era la base donde estuvo situado un crucero de piedra y llegamos hasta la iglesia. Hacemos un alto para almorzar. Hay que reponer fuerzas y saciar la sed. Estando en estas pasan dos senderistas que después de una breve conversación siguen su camino.
Entramos a la iglesia, en excelente estado interior, tanto el altar, el coro, como el campanario con su campana, la pila bautismal, la pila de agua bendita y lo que más sorprende es que están todavía intactos los bancos donde la gente se sentaba para escuchar la misa, con la particularidad de que en el respaldo de cada uno está escrito el nombre de una casa del pueblo.
¡Lo que hace que no se haya podido llegar nunca a Aguilar con ningún tipo de vehículo!
Dejamos atrás el sorprendente templo y su anexo cementerio y seguimos por la calle que tiene el filo del barranco a nuestra derecha. La abadía, la escuela, casa Cilio van quedando atrás.
Nuestro formidable guía nos va contando cosas de cada casa y nos encamina hasta el pozo de donde se surtían los vecinos para el consumo de agua. Volvemos otra vez para el pueblo, esta vez por la zona más enmarañada y dificultosa para moverse. La vegetación no permite andar con facilidad, aun así vamos viendo casi todos los rincones del pueblo hasta que llegamos a casa Serena, la que fue la casa fuerte de Aguilar, una selva se ha apoderado de su patio y la vivienda en su agonía muestra la belleza que debió tener en sus tiempos.
Aguilar queda prácticamente visto. Queda la segunda parte de la excursión: la visita a la ermita de San Saturnino, dominante del lugar en su privilegiada ubicación sobre un peñón. La divisamos desde el pueblo y hacía allá nos encaminamos. No es fácil acceder a ella puesto que el antiguo camino literalmente ha desaparecido. Pero gracias una vez más a la pericia de Daniel conseguimos encauzar el trayecto correcto, atravesando pequeñas barranqueras, atrochando por entre las piedras, pasando entre grietas, saltando de un sitio a otro... cada vez vemos la ermita más cerca y... Aguilar más pequeño abajo cuando vamos mirando hacía atrás.
Llegamos por fin ante San Saturnino y uno se queda sin palabras viendo una vez más los lugares que escogían en aquellos años para edificar estos pequeños templos.
La ermita está en muy buen estado, tanto al exterior como al interior. Pero es que las vistas desde allí son fabulosas. Aguilar a nuestros pies. El barranco Gabarrosa, los despoblados de Abenozas y Torruella de Aragón, otro pueblo más lejano que muy bien pudiera ser La Puebla de Fantova, pero si se mira por el otro lado, los meandros del Ésera antes de llegar a Santaliestra, los pagos de Rolespé, el Cotiella, Possets y Perdiguero en la cadena montañosa de los Pirineos. En fin...
¡Qué sensación de tranquilidad que emite este lugar!
Hacemos un segundo y ligero almuerzo con los restos de lo que nos sobró del primero y emprendemos la bajada, no para Aguilar sino ya buscando el descenso hasta Santaliestra. Pasamos por casa Casero, otra de las casas desperdigadas del pueblo y enseguida enlazamos con el sendero principal. Antes de que caiga definitivamente la tarde estamos en Santaliestra.
Hemos disfrutado de un precioso despoblado y de una excelente compañía de estos amigos surgidos en éste paraje ribagorzano.


Foto cedida por Daniel Campo

Vista de Aguilar en los años 60.




Llegando a Aguilar.




Casa Agostina, Puntarrón y Lapena. Era de trilla.




Casa Agostina, una de las casas fuertes de Aguilar. La habitaba el matrimonio formado por Antonio y Trini. Tuvieron tres hijos. Emigraron a Barbastro.




Casa Puntarrón. Una de las últimas que se cerró en Aguilar. Vivía en ella el matrimonio formado por Antonio y Cándida. Tuvieron dos hijas que ya no vivían en la casa en el momento de cerrarse. El matrimonio se bajó a Santaliestra.




Casa Lapena. En el momento de cerrarse la casa vivían en ella los abuelos Daniel (natural de Navarri) y María, el matrimonio joven formado por el heredero Manuel Campo y Concha Riazuelo de casa Joaquina. Tuvieron dos hijos y una hija.




Trasera de casa Lapena. Ubicada al borde mismo del precipicio del barranco. De ahí se comprende el origen del nombre de la casa: Lapena (la peña)




Foto cedida por Daniel Campo

Gentes de Aguilar en los años 60 junto al muro de la era Lapena, delante de la iglesia.




La iglesia parroquial de Nuestra Señora en el Misterio de su Concepción. Del siglo XVI. Esbelta torre de dos cuerpos, coronada por veleta y cruz de hierro. Cuatro vanos para las campanas, las cuales fueron sustraídas en la guerra civil. En 1948 se puso la campana que tiene actualmente.




Atrio de la iglesia. Acceso al templo a la derecha y de frente la puerta del cementerio.




Cementerio de Aguilar. Los enterramientos se hacían en el suelo desde tiempos remotos, pero en los años 50 y 60 se empezaron a construir nichos. Los hizo Gabrilet de Pilar de Santaliestra. Costaron veinticuatro mil pesetas. Los pagaron los hermanos Franco de casa Serena que estaban viviendo en Chile.

"El primer nicho se hizo en 1950, lo hicieron los de casa Lapena porque el abuelo Francisco no quería ser enterrado en el suelo. Meses antes de morir le sacaban al balcón de su casa para que viera desde allí como iba la construcción del nicho. Luego ya en años posteriores se hicieron los demás". CONCHA RIAZUELO.




Interior del templo. Los bancos alineados en dos filas, cada uno con el nombre en el respaldo correspondiente a cada casa. Al fondo el altar mayor. Dos capillas laterales.




Pila bautismal situada en el baptisterio. En forma de copa. Tapa cónica de madera por encima.




Foto cedida por Daniel Campo

Desde el campanario. Lapena, Agostina y Puntarrón. Era de trilla de Lapena. Algunas casas llegaron a contar con maquina aventadora (Lapena, Agostina, Simón, Panet) la cual hizo más fácil las tareas de la trilla.

"En mi casa (Lapena) compramos la aventadora de segunda mano en Torruella y la trilladora en Caballera, la cual hubo que llevarla a mano desde Santaliestra entre varias personas". LUIS CAMPO.




Desde el campanario. Por aquí las edificaciones se encuentran en peor estado. La vegetación va recuperando el terreno que un día fue suyo.




Foto cedida por Daniel Campo

Casa Serena en los años 80. La habitaba el matrimonio formado por Manuel y Dolores. Tuvieron tres hijos, Lola, Ramón y Sebastián. Los dos hijos varones emigraron a Chile y allí hicieron fortuna. El matrimonio y la hija se bajaron a vivir a Santaliestra.




Casa Serena en 2017.




Foto cedida por Daniel Campo

Grupo de mozos y mozas un día de fiesta en la era Serena.




Casa Donicio. Los últimos que vivieron en ella fue el matrimonio formado por Manuel Lanau y Matilde Riazuelo de casa Joaquina. Tuvieron tres hijos: José, Manuel y Feli.
La emigración se llevó a la familia hasta Terrasa (Barcelona).



Foto cedida por Daniel Campo

Mozas y niñas de Aguilar en los años 60.


Calle de Aguilar. La nave de la iglesia y la abadía a la izquierda, a la derecha el barranco Gabarrosa.




La misma calle vista a la inversa. La abadía en primer término. "Se hizo siendo retor Mn. Antonio/ eulacio Año 1740" (Inscripción en el dintel).




Casa Espona.




Foto cedida por Daniel Campo

Baile en las fiestas patronales de septiembre. Años 60. En la era Serena, bien engalanada para la ocasión.



Escuela de Aguilar. Alrededor de una veintena de niños asistían a ella. La planta de arriba era la vivienda de la maestra, la cual unas la utilizaban y otras no, se alojaban de patrona en casa Lapena o casa Cilio.
Doña Gloria, natural de Espés impartió enseñanza aquí. Como también lo hizo doña Josefina durante varios años, la cual se integró mucho en la convivencia del pueblo hasta el extremo de que fue madrina de Joaquin de casa Lapena. La última maestra fue doña María, una de sus hijas se casó con un vecino de casa Barrabés de La Torre de Aguilar.

"Cada día al ir a la escuela, nos hacían rezar, cantar el cara al sol, llevar un tizonet de leña para la estufa y nos hacían revisión de limpieza de manos y orejas".
LUIS CAMPO.


"Don José, natural de Huesca, en primavera nos sacaba de excursión a las carrasquetas de Simón y nos daba clase al aire libre". CONCHA RIAZUELO.

"Con diez años dejé de asistir a la escuela porque tenía que salir a cuidar las ovejas. Luego cuando podía iba a clases nocturnas". MARIANO PUEYO.

"Recuerdo perfectamente a la última maestra, doña María Nuez García, sobretodo porque me dio más de un reglazo con aquella regla de hierro que muchos recordaran, pero dentro de lo malo, aprendí a leer y escribir con ella".
LUIS PUEYO.





Casa Cilio. De tres plantas. Balcones simétricos en cada una de las plantas superiores. Puerta de acceso en una esquina de la fachada. Amplio patio interior que cobijaba los diferentes edificios auxiliares a la vivienda: cubierto, leñero, cuadra para las mulas, conejar, pocilga, pajar...
La última familia que habitó la casa fue la formada por el matrimonio Mariano Pueyo y María Campo y los seis hijos que tuvieron: Mariano, Alicia, Luis, Lourdes, Alberto y Eduardo. Se bajaron a Santaliestra.




Casa Cilio. Entre los dos balcones de la planta superior y bajo el alero:
AÑO 1828
CASA CECILIA
MP
De casa Cecilia en origen pasó a llamarse casa Cilio.
MP (Mariano Pueyo)




Casa Panet. Aquí estaba la taberna del pueblo.




Casa Joaquina. Antonio Riazuelo y María Pueyo de casa Calvera de Los Camps fue el matrimonio que vivió en la casa. Tuvieron seis hijos: Matilde, María, Pedro, Manuel, Vitoria y Concha. Se marcharon a Monzón.




Casa Tonet.




Casa Simón. A quinientos metros del pueblo al sur de Aguilar. La habitaba el matrimonio formado por Joaquin y Luisa. Tuvieron una hija (Luisa). Se bajaron a Santaliestra.




Foto cedida por Daniel Campo

Baile en la era Simón durante las fiestas patronales de septiembre. Los músicos bajo el cubierto. Años 60.




Casa Casero, situada al oeste de Aguilar en dirección a San Saturnino, a un kilómetro del pueblo. Vivían en ella el matrimonio formado por Vicente y María de casa Tonet, además de Primitivo, tío de Vicente y Miguel tío de María. La emigración se los llevó hasta Binéfar. Era una de las casas fuertes de Aguilar. Arriba la ermita de San Saturnino.




El pozo. A unos doscientos metros al norte del pueblo. Se llenaban los cántaros y se llevaban para consumo en la casa.
"En año de sequía íbamos a la fuente de Fontfreda en el camino de Santaliestra con caballerías a por agua. Para las fiestas al ser más gente en el pueblo si el pozo daba poca agua íbamos a Fontfreda o a Los Noguerals". LUIS CAMPO.




La balsa, situada junto al pozo. Se llenaba con agua de lluvia y servía para beber los animales.




Poza de la Fontfreda. Situada junto al camino de Santaliestra a algo más de un kilómetro del pueblo. Hasta aquí venían las mujeres aguilareñas a lavar la ropa.




La ermita de San Saturnino. A unos dos kilómetros del pueblo en impresionante ubicación. 




Interior de la ermita. Presbiterio. Ábside donde se encuentra el altar mayor y sobre él una imagen del Santo. Capillas laterales.




Amplio ventanal del pórtico desde donde se divisa el valle del Ésera antes de llegar a Santaliestra. 




Aguilar "a vista de pájaro" desde la ermita de San Saturnino. Barranco Gabarrosa por debajo del pueblo.